Hemos salido a cenar con nuestra pareja a un buen restaurante, o quizás con nuestros amigos, no importa. Cuando estamos pidiendo, escogemos un vino tinto que creemos puede acompañar bien la cena.

 Tras unos minutos, el camarero/a se acerca, nos muestra el vino y se dispone a descorcharlo. El vino es servido en nuestra copa y… ¿qué hacemos?, lo observamos, le damos mil vueltas, lo olemos, intentamos deducir su composición química… Todo esto para acabar preguntando.

– ¿Tinto, verdad?

El camarero/a afirma, intentando disimular su sonrisa.

 Obviamente, estamos llevando al extremo esta situación, pero creo que más de uno ha vivido en sus propias carnes ese incómodo momento de no saber qué hacer.

 Es sencillo, no debemos intentar captar los aromas, discernir qué color exacto tiene, ni degustar hasta el último sabor que nos pueda aportar. No, hagámoslo simple, solo debemos:

1 – Observar el vino inclinando levemente la copa para ver si está limpio, o sea, que no hay ninguna turbiedad.

2- Oler el vino para comprobar que no aparece ningún aroma extraño, como por ejemplo de moho, azufre, etc.

3- Beber un poco de vino para comprobar que no está defectuoso.

Finalmente asentir con la cabeza y dar las gracias al camarero (esto ya va al gusto de cada uno, los hay que acabarían con un “correcto” o “excelente”).

¡Así de sencillo!